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| Ediciones Juglaría - Rosario - Argentina |
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ROQUE DALTON
Autor: María Neder
María Neder reside en Villa de Merlo (San Luis). Publicó los libros de cuentos Contra corazón (Torres Agüero Editor, 1993), Entre los huecos (Ediciones del Dock, 1994), los de poemas Cuando octubre (Ediciones del Dock, 1997) y Fisura de boca (Alción, 2003) y la novela Reading Edge lectora a domicilio ( Alción, 2006). Dirige la revista La Idea Fija.
Y me llamarán el escrutador. El más apto para ser odiado.
Año 1969. Mario Benedetti hace una entrevista para la revista uruguaya Marcha, allí Roque Dalton declara:
Al igual que un gran número de poetas latinoamericanos de mi edad, partí del mundo nerudiano, o sea de un tipo de poesía que se dedicaba a cantar, a hacer la loa, a construir el himno, con respecto a las cosas, el hombre, las sociedades. Era la poesía-canto. Si en alguna medida logré salvarme de esa actitud, fue debido a la insistencia en lo nacional. El problema nacional en El Salvador es tan complejo que me obligó a plantearme los términos de su expresión poética con cierto grado de complejidad, a partir por ejemplo de su mitología. Y luego, cierta visión del problema político, para la cual no era suficiente la expresión admirativa o condenatoria, sino que precisaba un análisis más profundo. Esto me obligó a ir cargando mi poesía de anécdotas, de personajes cada vez más individualizados. De ahí provienen ciertos aspectos narrativos de mi poesía, aunque, llegado a determinada altura, tampoco resultaron suficientes y debieron ser sustituidos por una suerte de racionalización de los acontecimientos. Viene entonces mi poesía más ideológica, más cargada de ideas.
Acababa de recibir el Premio Casa de las Américas, por decisión unánime del jurado integrado por Efrain Huerta, de México: José Agustín Goytisolo, de España; Antonio Cisneros, de Perú: René Depestre, de Haití: y Roberto Fernández Retamar, de Cuba.
El libro premiado, La taberna y otros poemas, es un hito de ruptura y -al mismo tiempo- de continuidad en el desarrollo de la expresión; están presentes los personajes, la utilización de la anécdota, la índole narrativa. Ruptura en la medida en que plantea y acentúa de una manera nueva, la expresión política, llevando así el conflicto a lo ideológico, rompe con una serie de estructuras caducas del movimiento revolucionario.
Su vida estuvo marcada por su participación en las luchas por la liberación de su país. Dalton era además de un destacado poeta (publicó más de quince títulos y recibió numerosos premios nacionales e internacionales) un experimentado polemista, un brillante periodista, un teórico de la lucha armada latinoamericana, con antecedentes de persecución, cárcel y exilio, sufridos durante las dictaduras de turno en El Salvador.
Había nacido el 14 de mayo de 1935 en el Barrio San Miguelito de la ciudad de San Salvador. Estudió derecho y antropología en las Universidades de El Salvador, Chile y México. Desde muy joven se dedicaba al periodismo y a la literatura, obtuvo diversos galardones en certámenes nacionales y centroamericanos. Sus primeros poemas salieron publicados en la revista Hoja (Amigos de la Cultura, San Salvador, 1956) y en Diario Latino de la misma ciudad. Por su militancia política, sufrió cárceles y destierros. Vivió emigrado en Guatemala, México, Cuba, Checoslovaquia, Corea, Vietnam del Norte y otros países.
Durante los últimos tiempos de su lucha política escribió numerosos poemas en la clandestinidad, los que circularon ilegalmente bajo diversos seudónimos como: Vilma Flores, Timoteo Lue, Jorge Cruz, Juan Zapata y Luis Luna.
La distancia que media entre R. D. y nuestro presente es menor que la de su generación y la de los años treinta. Los derribó con el simple insulto Viejuemierda.
Recordar al mejor poeta salvadoreño del siglo XX nos compromete a utilizar con su legado un instrumento de crítica semejante al que él mismo nos heredó.
R. D. tuvo un conflicto dentro del Partido Comunista y, en esa organización, a los que disentían se les cargaba con motes de “divisionistas” y cualquier cosa era considerada inmediatamente peligro de “agente enemigo”.
Si bien el “Miguel Mármol” es el punto de partida para remontarnos hacia 1932, esta obra nos ofrece una visión partidaria y tardía del evento. A nuestra generación le corresponde revelar lo que ahí silenció una visión marxista ortodoxa. La ortodoxia diluye todo conflicto en uno de clase. Tendríamos que revalorar lo que los autores de la época pensaban del acontecimiento. Por más devoción profesada hacia R. D. —sólidamente plantado en el canon de la poesía salvadoreña— no podemos omitir que este libro ofrece sólo un punto de vista partidario e insuficiente, en tanto reconstruye las circunstancias y sucesos retrospectivamente y juzga los años treinta con los parámetros ortodoxos de los sesenta. El insulto sustituye la historiografía. Existe una dificultad para comprender la complejidad de los mecanismos ideológicos y de lo difícil que era el debate sereno de deas en un país donde no había tolerancia para las investigaciones independientes y donde la pugna comunismo-anticomunismo arrastraba con su tracción maniquea a muchas personas inteligentes. R. D., tan lúcido él, acaso quedó atrapado en ese horizonte.
Veamos las encrucijadas del mundo en que vivió: hombre de ideas pero también de creencias, continuamente negociaba con sus pulsiones creativas, cosmopolitas, por un lado, y la disciplina partidaria y el amor a una causa, al mismo tiempo. Todo esto en un horizonte de trazos gruesos, urgentes, violentos. Servir a la razón, al partido y a la poesía al mismo tiempo no debía ser fácil y, a veces, sus ideas naufragaban bajo el peso de las creencias.
R. D. fue un trasgresor en el sentido más purista de la palabra. Se la jugó de verdad. Sabemos de muchos que quieren escandalizar, especialmente hoy, pero es difícil asustar en estos días de grandes horrores. Un verdadero Irreverente que empuja al mismo tiempo con su ironía y su experimentación, la contundencia de sus paisajes verbales y el cuestionamiento constante para provocar más debate.
A veces se da el caso de que los personajes opinen en contra de lo que yo pienso. Eso lo hago para establecer una contradicción dialéctica, en el seno de la expresión poética. El lector es quien puede resolverla.
Es un poeta que salta y alterna los géneros, va de una primera poesía de tono nerudiano hacia Vallejo, ejercita el collage con discursos diversos y a veces antagónicos en apariencia, va de lo “culto” a las locuciones populares, del lirismo más trabajado a la cuerda conversacional y a las letras de canciones populares. Todo esto con sus heterónimos, el juego de simulacros y los ya mencionados poetas inventados que suman voces a su poesía clandestina. Y siempre la lucidez y humor desopilante.
Usted sabe: me quedan algunos meses de vida. Los elegidos de los dioses seguimos estando a la izquierda del corazón. Debidamente condenados como herejes.
Eduardo Galeano ha escrito sobre él:
Roque Dalton, alumno de Miguel Mármol en las artes de la resurrección, se salvó dos veces de morir fusilado. Una vez se salvó porque cayó el gobierno y otra vez se salvó porque cayó la pared, gracias a un oportuno terremoto. También se salvó de los torturadores, que lo dejaron maltrecho pero vivo, y de los policías que lo corrieron a balazos.
Y se salvó de los hinchas de fútbol que lo corrieron a pedradas, y se salvó de las furias de una chancha recién parida y de numerosos maridos sedientos de venganza.
Poeta hondo y jodón, Roque prefería tomarse el pelo a tomarse en serio, y así se salvó de la grandilocuencia y de la solemnidad y de otras enfermedades que gravemente aquejan a la poesía política latinoamericana. No se salva de sus compañeros. Son sus propios compañeros quienes condenan a Roque por delito de discrepancia. De al lado tenía que venir esta bala, la única capaz de encontrarlo.
Sufría de amor por El Salvador, se moría de frío por El Salvador y de rabia y de risa. De Roque todos hablan a risa abierta, como si no hubiera muerto, como si no lo hubieran asesinado en El Salvador el mes en que cumplía cuarenta años, mayo de 1975.
Lo mataron a quemarropa. Se dice que sus matadores, sin valor para mirarlo a los ojos, le inyectaron un somnífero antes de dispararle. También se dice que lo liquidaron de sorpresa: llegaron a su lado y de súbito le descargaron los tiros. Pasara lo que pasara en esa hora siniestra, aquella fue la última de las celadas que le tendió la vida. El sacrificio de R. D. estuvo en el génesis del nuevo poder que emergió entre combates guerrilleros y protestas sociales. Sus asesinos eran un pequeño grupo de conspiradores que con los años llegaría a ser una poderosa organización armada. Dos de los sobrevivientes de aquella célula estamparon su firma en el documento que puso fin a la más cruenta de las guerras libradas hasta ahora en El Salvador.
Publicó una vasta obra poética: Mía junto a los pájaros (San Salvador, 1957), La Ventana en el rostro (México, 1961), El Mar (La Habana, 1962), El turno del ofendido (La Habana, 1962) Los Testimonios (La Habana 1964), Poemas (Antología, San Salvador, 1968), Taberna y otros lugares (Premio Casa de las Américas, Cuba) (La Habana, 1969), Los pequeños Infiernos (Barcelona, 1970).
Entre sus ensayos se encuentran César Vallejo (La Habana, 1963), El intelectual y la sociedad (1969), ¿Revolución en la revolución? y la crítica de la derecha (La Habana, 1970). Miguel Mármol y los sucesos de 1932 en El Salvador (1972) y Las historias prohibidas del pulgarcito (México, 1974).
Póstumamente se publica su novela Pobrecito Poeta que era yo (1981) y las obras poéticas: Los Hongos, Un libro levemente odioso (1989) y Contra ataque.
Para Saúl Yurkievich, por ejemplo: “Dalton reacciona contra todas las censuras, contra toda delimitación externa del desible poético, de la libertad expresiva, contra las convenciones mutiladoras de derecha e izquierda, contra el clasicismo y, en especial, contra el enemigo interno, el acartonado realismo socialista”.
La “muerte horrenda” de Dalton, como la llamó Julio Cortázar, levantó una exclamación de repudio en todo el mundo y le dio paso a su leyenda.
Celebremos a Roque Dalton como se lo merece. No sólo en la controversia, sino en el turno del rock, del hard metal rock, con música de The Clash o Piazzolla para adelante, pues lo demás es nostalgia por lo abolido. Celebremos su poesía de rompimiento y de engarce magistral entre militancia política y oficio poético. Su experimentación en las formas literarias sobresale fuertemente y lo instala cada día como voz fundamental en la literatura latinoamericana.
Uno hace versos y ama/ la extraña risa de los niños,/ el subsuelo del hombre/ que en las ciudades ácidas disfraza su leyenda,/ la instauración de la alegría/ que profetiza el humo de las fábricas.// Uno tiene en las manos un pequeño país,/ horribles fechas,/ muertos como cuchillos exigentes,/ obispos venenosos,/ inmensos jóvenes de pie/ sin más edad que la esperanza,/ rebeldes panaderas con más poder que un lirio,/ sastres como la vida,/ páginas, novias, esporádico pan, hijos enfermos,/ abogados traidores/ nietos de la sentencia y lo que fueron,/ bodas desperdiciadas de impotente varón,/ madre, pupilas, puentes,/ rotas fotografías y programas./ Uno se va a morir,/ mañana,/ un año,/ un mes sin pétalos dormidos;/ disperso va a quedar bajo la tierra/ y vendrán nuevos hombres/ pidiendo panoramas./ Preguntarán qué fuimos,/ quienes con llamas puras les antecedieron,/ a quienes maldecir con el recuerdo./ Bien./ Eso hacemos:/ custodiamos para ellos el tiempo que nos toca. (Por qué escribimos, de “La Ventana en el Rostro”, 1961).